Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible
John Berger . Ed árdora exprés
Estás tumbado al sol en la hierba. Sobre ti hay un haya. Una ligera brisa mece las ramas más finas y agita las hojas. Desde lejos, este movimiento constante de las hojas parece nieve verde cayendo delante de la superficie verde del árbol, igual que en tiempos parecía caer nieve plateada delante de las pantallas grises de los cines. (Pág. 15) ... pensando así es posible que seas un filósofo, pero no creo que seas un pintor.
Estás tumbado con la cabeza apoyada en la chaqueta, cuidadosamente doblada. Calculas que el árbol tendrá sus buenos dieciocho metros. ¿puedes descubrir algún brote? Entornas los ojos. Ya no queda ninguno. Aquí va todo va por lo menos un par de semanas más adelantado que en el pueblo. (Pág. 16) Para ti, las partes del árbol están ahí al fin de ser sometidas de una y otra manera... pero no a través de la pintura.
Cierras los ojos distraídamente de vez en cuando. La imagen del entramado de hojas se mantiene un momento impresa en tu retina antes de desaparecer, pero ahora es de un rojo intenso, del color de un rododendro muy oscuro. Cuándo vuelves a abrir los ojos, la luz es tan radiante que tienes la sensación de que rompe contra ti como las olas, recordándote que no eres más que una pequeña isla en la hierba. (Pág. 17)... Estás usando los ojos, como un poeta, quizás, pero no como un pintor.
No miras. ¿Que sentido tiene tumbarse si también tienes que usar los ojos? a ratos escuchas el viento. Las hojas suenan como arena que cae. Cuando despiertas, miras hacia arriba con mucha cautela. Ves verde, azul, verde mezclado con suciedad, blanco. (Pág. 18)... Y así puede que permanezcas tumbado hasta que llegue la noche... y seas un pintor. (Pág. 19)
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